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Matilde


Por Cristina Arias / Autoconocimiento



Era martes en una tarde de octubre cuando Matilde, una elegante e inteligente mujer con 45 años de vida y un impecable desempeño en todas sus funciones, conducía de regreso a casa satisfecha con los resultados del día y haber cumplido con todas sus labores cotidianas.


Había preparado desayuno para su esposo e hijos, los había llevado al colegio, había hecho ejercicio, se había alistado para su trabajo con una idea de outfit que vio en Pinterest; había resuelto los conflictos que se presentaron en la oficina y regresaba a casa mientras escuchaba su podcast favorito.

Una cuadra antes de llegar a casa, la presentadora del podcast hace una breve pausa y lanza una pregunta a la que el cuerpo de Matilde reacciona de manera inmediata, “¿estás viviendo la vida que quieres?” y antes de darse cuenta, antes de procesar la pregunta, las lágrimas de Matilde ya corrían por sus mejillas acompañadas de un sorpresivo llanto que emergía desde lo más profundo de su ser.

“¡Estás loca Matilde!” se dijo limpiándose las lágrimas con firmeza, cualquiera daría lo que fuera por tener la vida que tienes, se dijo a sí misma, y siguió manejando de regreso a casa.

Matilde tiene 3 hijos, es buena esposa, buena madre, hermana, amiga y empresaria que cuida de su cuerpo con el mismo esmero con el que cuida su casa, hijos, familia, relaciones y negocio; goza de buena salud y estabilidad económica. Para muchos, su vida es perfecta.

Llegó a su casa, saludó a uno de sus hijos, se quitó los zapatos, aretes y pulseras, se colocó el mandil de cocina para revisar en el refrigerador lo que iba a preparar para cenar.

Mientras ella cocinaba, llegaba su esposo del trabajo, se saludan con un beso y ella regresa a cocinar mientras platicaba con el hijo que estaba en la cocina. Después llegan los otros dos y cenan todos juntos.

Se termina el día y comienza otro… misma rutina y mismos personajes.

Matilde quiere olvidar y no detenerse a reflexionar en ese llanto sorpresivo… cada vez que lo recuerda, ella desvía esa memoria enfocándose en su próxima lista de pendientes que tiene por cumplir.

Al día siguiente, después de trabajar, Matilde se reúne con una de sus amigas a la que la vida no la ha tratado muy bien, sin embargo, se ve radiante y feliz, en ocasiones un poco desgarbada. Matilde recuerda haber visto a su amiga en el pasado algunas veces triste, frustrada, enojada, furiosa, impotente, y otras veces también haberla visto alegre, eufórica, empática, plena y feliz.



Los temas de conversación con la amiga eran casi siempre los mismos, ponerse al día con las novedades de los hijos y amistades, noticias, intercambiar recetas y opiniones de sucesos, etc. Y es entonces cuando Matilde lanza la pregunta a su amiga, y a pesar de que Matilde intuía saber la respuesta, no puede evitarlo y la cuestiona… “¿estás viviendo la vida que quieres?” a lo que la amiga suspira y responde: ‘No, definitivamente no estoy viviendo la vida que quiero, más he aprendido a amar la vida que tengo y creo que en eso reside la diferencia. El destino me ha puesto en situaciones complicadas, que yo misma no podía ver con claridad y fue cuando decidí buscar ayuda terapéutica que mi vida cambió. Ahora me siento capaz de reconocer, sobrellevar y disfrutar lo que la vida me presenta’.

A partir de ese momento y sintiéndose invadida por el miedo de descubrir que en su “mundo perfecto” no era del todo feliz, Matilde buscó apoyo y fue así como comenzó el maravilloso viaje a su interior, aprendiendo a permitirse sentir, a profundizar en sus reflexiones y expresar sus sentimientos y necesidades. A comprender por qué siente lo que siente, y por qué actúa como actúa.

Se despidió de su mundo ideal para darle la bienvenida a su mundo real, y es que, solo aceptando la realidad de las situaciones podemos experimentarlas. Hacer contacto con lo que sentimos y ejecutar los ajustes necesarios para modificar lo que por naturaleza tiene que cambiar.

Aprendió a identificar y aceptar que puede sentirse al mismo tiempo cansada y satisfecha, que puede sentirse frustrada en unos aspectos y orgullosa de otros. Que ella también tiene necesidades y deseos, aprendió a expresarlos y no sentirse culpable por eso.

También aprendió a aceptar que no siempre tiene todas las respuestas y que a veces no sabe qué hacer, que algunas veces tiene miedo y aprendió a identificar qué hay detrás de ese miedo y cómo manejarlo.

Descubrió lo bien que se siente dejar descansar la “capa de mujer maravilla” y disfrutar de la mujer que es, sin etiquetas, sin expectativas, con metas y objetivos alineados a lo que en verdad la hace feliz disfrutando de cada paso y cada etapa en el trayecto de la vida.

Aprendió a amar y disfrutar la vida que tiene, con lo que hay y con quien esté.

Ahora yo te pregunto, ¿estás viviendo la vida que quieres? ¿sabes qué necesitas y cómo puedes amar la vida que tienes?

Conócete, acéptate, ámate.

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