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Nuestro enemigo, el ego.

Por MD Larisa Osuna Lever.


“Un mal día para tu ego es un gran día para tu alma”- anónimo.


En mi trabajo como mediadora, constantemente me topo con el hecho de que quienes están confrontándose en el conflicto, no son los verdaderos intereses de las personas, sino sus egos lastimados. Todos los seres humanos tenemos una dosis de ego que se alimenta de vivencias, méritos personales y cuestiones no resueltas en nuestra vida. Si esa dosis es saludable, el ego nos mantiene en constante deseo de superación, nos ayuda a cuidar de nuestra salud e incluso de cosas tan banales como nuestra apariencia exterior.

Pero, ¿qué hay del ego desproporcionado o fuera de control? ¿ese enemigo que dirige nuestras reacciones y sentimientos, que nos hace sentir en conflicto con los demás en ocasiones, sin que ellos se den por enterados? Es a este tipo de ego al que deseo referirme.

Pero, ¿dónde reside el ego? El ego reside en la mente (pensamientos, sentimientos y en la sutileza de tu conversación interna) y puede construirse por múltiples carencias emocionales sufridas en la infancia que se alojan en el cerebro central, específicamente en el hipocampo. dice Joan Maria Bovet que: “La huella emocional que dejan estas experiencias, perdura toda la vida en forma de reclamo, de expectativas y deseos insatisfechos.”

La mayoría de las creencias y espiritualidad nos piden estar alertas y, de ser posible, caminar en sentido opuesto del ego. Eso significa que el ego se opone a la evolución de nuestra espiritualidad.

Todos los logros y capacidades que adquirimos conforme nos preparamos en la vida y nos desarrollamos en las diferentes etapas en las que progresamos, si no se convierten en una experiencia para nuestra alma y sirven al bien común, solo serán eso: conocimientos, habilidades y aptitudes al servicio del “yo” colgados en el espacio de nuestra egoteca personal. El trabajo en uno mismo nos debe acompañar toda la vida, es un proceso que termina con la muerte porque nadie puede alcanzar la perfección en este plano terrenal.


El ego es un oportunista por excelencia y aprovechará cualquier ocasión para engrosarse y ser preponderante en nuestra personalidad; es necesario una gran dosis de suspicacia e introspección para detectar si estamos siendo gobernados por el ego o por la espiritualidad.

Creo que una de las expresiones más grandes de humildad para mantener el ego a raya, es el servicio al prójimo. Es justo ahí donde podemos utilizar todas las capacidades que poseemos con un sentido de solidaridad y empatía social, por aquellos que no pueden corresponder a nuestro servicio, y a la vez renunciar a la necesidad de ser reconocidos por ello.

El ego es como un personaje subyacente que fortalecemos o debilitamos con la inconsciencia o la consciencia que tengamos de quiénes somos, qué necesitamos, para qué lo necesitamos, y cuáles son las motivaciones por las que hacemos las cosas.

El ego es insaciable, siempre querrá más. Es como un monstruo de mil cabezas: más reconocimiento, más espacios conquistados, más amor, más atención, más tiempo etc. El problema es que el ego toma y no da, el ego demanda y no ofrece, por ello es complicado relacionarse con una persona gobernada por su ego.

El ego quiere crecer y que los demás mengüen, el ego dice: más yo y menos tú.

¿Y cómo se mata al ego? No, el ego no puede matarse, pero sí podemos mantenerlo a raya reconociendo que siempre hay alguien a quien podemos agradecer sus aportaciones a nuestra vida, que no hay mayor felicidad que poder ser de utilidad a nuestros semejantes aquí y ahora.







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